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De todas las terapias posibles, en la que más confío es en escribir. Cuentos cortos, versos, cartas; todo lo que pueda volcarse en un papel o en el blanco virtual de un procesador de textos. Sólo me siento y tecleo sin parar (cero invocación de alguna musa inspiradora: sangre y nervio; no recuerdo quién me lo dijo, pero es cierto).
Me gusta escribir, aunque a veces me cuesta demasiado; tal vez porque parte de mí queda en lo que escribo, y otra parte de mí se oculta ahí también; parte se refleja y parte sólo sueña; a veces no soy yo, y a veces me pregunto cuánto de mí hay en lo que escribo.
Es algo mágico ocultarse un poco en un papel; aún más, descubrirte ahí sin quererlo.
¿Delirios?, claro que sí. ¿Falta de ortodoxia?, definitivamente. ¿Exceso de puntos y seguido?, nadie lo cuestiona. ¿Poca rima?, asumido.
Me cuesta compartirlo, como todo lo que es mío; viejo vicio de hija única que no acierto a superar. Pero me animo, simplemente porque a veces una frase, un final o algún principio le llega a alguien más, y lo hace reír, o emocionarse, o pasar el rato.
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